27 de marzo de 2008

Ha acabado el otoño

María caminaba de esquina a esquina, yo logré verla desde lejos mientras algunos autos se le acercaban,…llovía tenuemente y la oscuridad matizaba un poco esa vereda donde los pasos golpeaban el sueño ya gastado de felicidad que de niña le habían enseñado,…se llamaba María, pero se presentaba como Danuska,…juro que era linda y que en sus ojos reposaba el cansancio, el aburrimiento… no dudé en invitarle algo de tomar, aceptó gustosa para mi asombro y fuimos a un bar pequeñito (moribundo) aquella noche lluviosa de verano, …me enteré de su colección de amores tristes, la oía y lo que menos quería es que llegase la hora de la despedida, felizmente decidió quedarse ahí conmigo, entre tragos baratos y risas medio alborotadas,…todos nos quedaban mirando, imagino por lo adolescente de mi cara y lo corta que era su minifalda, pero poco importaban los ojos ajenos… “¿Por qué aun no te has ido?” Me preguntó y yo me quedé callado, no supe que contestar, hasta hoy que se ha acabado el otoño no sé porque me quede con María en ese bar,…ella rió cuando me quede sin respuesta y me invitó a su casa: caminamos por varias calles sucias y castigadas,…cerca de un parquecito, doblando dos esquinas, nos encontramos frente a una puerta de madera vieja, María me hizo una seña pidiéndome guardar silencio, sacó de su cartera de cuero una llavecita y al oído me dijo: “No hagas ruido”. Luego, tras varias frases, me enteré que era hija única, que su madre anciana había perdido la visión hace algunos años y que a esas horas de la noche dormía placidamente, pregunté por su padre y me sentí el idiota más grande del mundo al notar la tristeza en los ojos de Mary, (me pidió que la llamase así, con cariño), pues no lo veía desde que tenia diez años, la había abandonado.
Más tarde, después de compartir un café, encendió la radio precaria y escuchamos unas baladas a volumen muy sutil, tanto que sólo podíamos escuchar los dos sentados en el suelo muy cerca de los parlantes, ella recostando su cabeza en mi delgado hombro, yo imitando a Camilo Sexto con el fin de hacerla reir, ella riendo feliz casi a carcajadas, tapándose la boca con una mano para no hacer ruido…llegó el silencio para tras varios minutos romperlo al decirme: “Niño ojala algún día mi vida cambie”…nunca antes me había agradado tanto que me llamaran "niño", yo otra vez no supe que decir, elevé una plegaria para que Mary sea feliz mientras ella me regalaba un pañuelito bordado con hilos rojos muy malgastado, y no tardé en acariciarla,…lloró con su cabeza en mi hombro aquella madrugada, sospecho que me enamoré de Mary un poco sentados en el suelo de su sala,…estoy seguro que ella sabía que me importaba, sabia que a pesar de todo ella se quería, …el sol nos despidió cuando invadió su ventana, …juramos volvernos a ver.
Dos días después pasé por aquella vereda y no estaba, supuse que tal vez estaría sufriendo en silencio en algún hotel o que tal vez la encontraría en casa cuidando a su madre. Caminé por ahí las semanas siguientes y tampoco la vi, no supe que pensar, sólo miré al cielo y le hablé en silencio al Dios que conozco (no al que me presentaron) pidiendo que Mary donde esté fuera un poco más feliz que cuando la conocí, guardando como un tesoro aquel pañuelito bordado empecé a sospechar que me había olvidado. Ha acabado el otoño y hoy la felicidad disfrazada de emoción ha brillado en mis ojos otra vez, hoy he vuelto a ver su sonrisa feliz, sus ojos tranquilos; recién hoy he vuelto a escuchar su voz delicada, cuando fui a comprar un boleto de viaje en una agencia acomodada, di mis datos, pagué y al recibir mi pasaje escuché: “¡Muchas gracias, buen viaje niño!”