21 de agosto de 2008

Días de invierno


Casi a las cuatro de la madrugada dejo de escribir, reviso mi celular y no encuentro ninguna novedad: ningún mensaje nuevo, ninguna llamada no contestada, tomo mi enésimo café, me aseguro de dejar bien cerrada la puerta, cierro las ventanas, me lavo los dientes, lavo mi rostro y camino rumbo a mi cama. Antes de acostarme miro su fotografía, beso su imagen y la guardo en un libro de Bayly, me tiro mirando el techo y dejo que el frío me invite a acurrucarme, giro sutilmente hasta ponerme boca abajo, separo un poco las piernas, doblo tímidamente los brazos hasta ponerme casi de costado y para atrapar el sueño someto mi mente a pensamientos agradables: pienso en ella.

Cerca de mediodía (en el mejor de los casos) despierto un poco aturdido, lleno de pesadez camino rumbo al baño para lavarme la cara y así despertarme del todo, me preparo un café para luego tirarme mirando el techo sobre mi desordenada cama,…tras varios minutos me cambio de ropa, busco prendas moderadamente anchas, voy a la sala, enciendo la computadora y navego por media hora en Internet, luego me aburro; tal vez para combatir ese sombrío aburrimiento más que para combatir la suciedad, me doy un baño; con la seguridad de que tras el baño estoy totalmente despierto, tomo un libro, leo por muchísimos minutos sin dejar que nada ni nadie me interrumpa, leo y me sumerjo a aquel mundo.

No he desayunado, dejo por un momento el libro y ya en la cocina me preparo unos huevos revueltos, unto algunos panes con mantequilla, un jugo de naranja y el infaltable café. Frente a la computadora, otra vez en Internet, devoro tranquilamente mi desayuno… al acabar limpio cuidadosamente las migajas de pan que dejé caer, salgo de Internet pues otra vez ya me aburrí y retomo el libro que dejé para desayunar y nuevamente me escapo del mundo y la llevo conmigo: en ese viaje caminamos de la mano, ella sonríe feliz y yo la miro embobado, en ese viaje todo es perfecto. Cerca ya de las cuatro de la tarde como lo que más fácil se me haga a modo de almuerzo,…me recuesto en el sofá, me quedo allí mirando el vacío pensando en lo que escribiré por la noche. Confieso que quiero con exageración que suene el teléfono y sea ella, confieso que quiero escucharla…pero el teléfono no suena y sin querer, o tal vez queriéndolo secretamente, me quedo dormido por muchos minutos. Tras esa pequeña siesta, me levanto despacio, y a paso lento voy en busca de otro café. Reviso mi celular y no hay ninguna novedad, aun no ha llamado… me quedo en silencio.

Ya de noche busco ropa más gruesa, pues el frío en este invierno es especialmente salvaje, abrigado hasta los pies (con doble media), anudo en mi muñeca las pulseritas tejidas que aprecio tanto, cierro todas las ventanas, todas las puertas, busco el lapicero color azul de tinta negra, tomo un hoja en blanco, me preparo un café muy amargo y una vez cumplidos todos estos requerimientos que más parecen manías, empiezo a escribir a mano…escribo poco, más o menos media hoja…luego dejo todo, miro su fotografía, me siento frente al computador,… “¿Qué estará haciendo? ¿Cómo habrá estado su día?” me pregunto mientras empiezo a chatear con algunos amigos entre ellos mi querido amigo escritor que siempre me aconseja con cariño sobre el uso y desuso de adjetivos y verbos... abandono el Chat, para salir a caminar.

Estoy en la calle vagando por casi dos horas hasta que el frío de este cruel invierno me guía otra vez hacia mi casa. Ya avanzada la noche tomo un café, reviso mi celular: encuentro sólo un mensaje de promoción,…miro su fotografía, me quedo en silencio para luego seguir escribiendo…y en este silencio nocturno, antes de dejar de escribir, antes de cerrar todo, antes de besar su fotografía para proponerme dormir,…en medio de estas manías, de estas líneas, de estos libros y de este frío he vuelto a comprobar que hoy no he estado tan sólo como pensé en algún pasaje del día,… pues siempre está a mi alcance la imagen de la mujer que amo con sana persistencia, que siempre me acompaña el latido de nuestro amor… que en medio de estos días friolentos ella siempre va conmigo y que está más cerca de lo creo su recuerdo silente, su imaginaria presencia.

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